3/10/15

EN MEMORIA DE MI ABUELO, UNO DE LOS PRIMEROS HUAYRUROS DE LA GUARDIA CIVIL EN LLEGAR A IQUITOS

Eran casi las 5 de la tarde del domingo 3 de octubre de 1926, las cañoneras de la Armada peruana “América” y “Napo” navegaban procedentes de la cabecera del Ucayali, allí donde confluyen el Urubamba y el Tambo, trayendo a duras penas un grupo de hombres que había pasado mil peripecias para llegar a un puerto señalado por el destino y por la historia del Perú.

En Loreto se vivían los estertores de la fuerte bonanza económica generada por el boom de la explotación cauchera que se había extendido por aproximadamente 40 años, espacio que le dio -especialmente a Iquitos- un nuevo rostro y una imagen urbana que podía ser comparada con alguna ciudad europea de esos tiempos. Era 1926, ya las fastuosidades de la sociedad cauchera habían empalidecido.

A Iquitos le tocó el turno. Este contingente de hombres que con solamente tocar tierra iquiteña en Loreto expresaba su identificación con la patria, valentía inscrita a fuerza del sacrificio de su largo recorrido en el camino iniciado en Lima hacia 34 días. Una verdadera odisea que se superó a fuerza de sacrificio en los duros caminos que servían de carreteras de esos tiempos en que los humanos y las mismas bestias vencían las dificultades planteadas por la topografía de los Andes y de la Selva Alta. A esto se sumaba el cruce de los temibles malos pasos encontrados en los fieros tributarios del Ucayali.

Viajaron tanto y en ese recorrido enfrentaron la dureza de la naturaleza, mermaron sus fuerzas y hasta fue penoso, no únicamente por las dificultades, sino por el resquebrajamiento de la salud. A camino duro, al enfrentamiento a las adversidades, la odisea comenzada por todos terminó con algunos que quedaban ausentes por la muerte.

(…) Era el mediodía del domingo 29 de agosto de 1926, un grupo de 100 hombres marchaban por el jirón Callao y se aproximó a la plaza de Armas de Lima para dirigirse a Palacio de Gobierno donde los esperaba el presidente Augusto B. Leguía, que los recibió en el patio anterior.

El primer Mandatario ofreció un corto discurso en el que entregó palabras de aliento y les recordó el paso histórico que se iba a dar con todos ellos en el largo viaje que les tocaba emprender y el establecimiento de un órgano de la Guardia Civil que garantizaría el custodio del orden en aquella lejana ciudad del Amazonas de donde tenían como misión crear e implementar guarniciones en los pueblos más importantes de Loreto.

No todos los miembros de este contingente eran subalternos y conformaban la Primera Compañía de la Segunda Comandancia de la Guardia Civil, sino  que entre ellos o al frente estaba el mando conducido por el capitán Fernando Fonseca Álvarez, el teniente Enrique Rodó y los alféreces, uno de ellos Manuel Vargas Velásquez y el otro de apellidos Zea Villacrez. Todos ellos habían terminado el intensivo y duro periodo de instrucción en la Escuela Nacional de Policía con la finalidad de adiestrarse para implementar la Guarnición de Iquitos.

(…) La madrugada del día de la partida dejaba un ambiente frío, gélido. Eran las 5 de la mañana del 30 de agosto de 1926, era un amanecer de lunes, desde distintos puntos de la vieja Lima iban llegando los miembros del contingente.

(…) A las 6.15 de la mañana el pitar del ferrocarril anunciaba la partida hacia un primer destino: La Oroya, en las alturas de Pasco.

(…)Los jóvenes viajaban con optimismo, en ellos se describía mucha voluntad y sentido patriótico. El camino los conduciría a una tierra lejana, desconocida. Ninguno de ellos sabía lo que les esperaba. Andrés Herrera Agramonte, un hombre de mediana estatura, algo grueso, de cejas pobladas, de tez blanca, fue el más locuaz del grupo que con seguidos chascarrillos hacía disfrutar al grupo, lo que valió que se granjeara merecidamente la simpatía de sus compañeros.

Herrera era arequipeño de nacimiento, a la hora de la toma de los alimentos hacía referencias encontradas en su lectura del diario El Comercio sobre las cualidades y características del Iquitos que habitaría. Hablaba de una ciudad fantástica donde sino había las riquezas de dinero de las décadas anteriores durante la explotación cauchera, podrían encontrarse con una urbe diferente a cualquiera del Perú donde no había más que tranquilidad y poca delincuencia, donde se podría construir un buen futuro, promisorio y que la bonanza se debía construir con trabajo y honradez. Pero no dejaban de pensar en que los mosquitos y otros bichos de la naturaleza harían difícil sus vidas.

(…) Al llegar el grupo de guardiaciviles, los curiosos iquiteños que en domingo sacaban al paseo sus mejores atuendos, que ellos mismos llamaban sus ropajes  domingueros, asombrados saludaban con salvas de aplausos a los bien formados hombres que desfilan por la calle Próspero (o del Próspero) con destino a la casa de la Prefectura y después del típico cuchicheo de pueblo chico les bautizaron casi inmediatamente como los huayruros, por la mezcla del colorido de sus uniformes entre el azul oscuro y el rojo semejante a la semilla de ese nombre.

Los huayruros con que se conocieron en Loreto, fue descrito por los escritores de la institución policial de la manera más exacta…El personal policial  (…) salió al servicio con un uniforme hecho de paño fino azul marino tina con vivos y bocamangas de color rojo en la guerrera y con franja roja, en las partes exteriores de la pierna, en el pantalón, gorra de plato elipsoidal del mismo material con cenefa y vivos de color rojo…”   

De entonces, la vida y la organización policial siguió al paso de los años cumpliendo su evolución ya conocida que concluye la unificación de la Policía Nacional integrando a esa Guardia Civil, Guardia Republicana y Policía de Investigaciones del Perú.


No hay comentarios:

Publicar un comentario