12/11/11

A SARITA, MI MADRE, EN SU MEMORIA

Aún está fresca en mi memoria aquellas tardes de corta espera a mi madre. Yo era un niño de entre 8 y 9 años que a sabiendas de que a las 2.45 de la tarde ella llegaría después de laborar, la esperaba en la esquina del paradero del ómnibus. Alborotado yo, intachablemente puntual, le abría los brazos y le extendía la sonrisa pura de niño a mi progenitora y luego tomándome de su mano la acompañaba al almuerzo. De eso ha pasado casi medio siglo. Ella, mi madre ya no está; descansa en paz.

Aquella mañana del 7 de septiembre, mirándola en su lecho en su rostro mortis sentía el sabor de su serenidad. Parecía que soñaba, quería sentir que dormía, pero no. En silencio sentí pasar por mi mente las miles de cosas que su sabia confidencialidad de madre me acogió. Descansaba ya, había sufrido en silencio, lo poco que escuché de sus dolores quedan ahí en los recuerdos que deseo empalidecer. Mi madre, la que me tenía hasta adulto sobre la falda de sus piernas, estaba cerca de mirar el rostro de Dios.

El llanto nuestro, el de mi padre y de mis hermanos, era una mezcla de tristeza y satisfacción, era la expresión de sentimientos encontrados en los que la pena que causaba su partida colisionaba con la alegría de sentirla serena y aliviada, liberada y quizá –mañana más tarde sabremos- que estaría en mejor momento. Dicen que después de la muerte hay una mejor vida, vaya uno a saberlo si esta tesis sea cierta o solamente se queda en eso: en lo que pudiera ser. Mi madre está muerta, de niño nunca me imaginé verla así y ahora de adulto lo siento mucho.

Su dulce paso por la vida es de aquellas madres incomparables. Sara?, no suena bien solía decir. Si alguna vez pudiera cambiar mi nombre lo haré por el de Sarita, así con dulzura, con cariño. Renegona, amorosa, piadosa, cristiana, cómplice, comprensible, inmensa y otras virtudes y defectos adornaban a mi adorada madre.

Dormida ante nosotros. Con el rostro delgado y sereno, con la sonrisa escondida, con la boca quieta, sin contar sus chascarrillos, sin sus cánticos en la típica imitación de soprano, sin la interpretación de las canciones populares o sin los himnos y coritos adventistas que solía regalarnos, ella estaba allí a punto de partir y ausentarse para siempre de nuestros ojos. En ese momento concurrían a mi mente los almuerzos o las cenas por cada cumpleaños en la familia, o los encuentros cada julio por el aniversario de bodas. Ella reposaba ante nosotros, sin hablar, recordándonos que desde donde se encuentre espiritualmente podría alcanzarnos su bendición.

Estamos en torno a su lecho de muerte. Cada lágrima que corre por nuestros rostros no es más que el líquido de nuestra tristeza. No hay cobertura para el vacio que ella deja. No hay quién jamás pueda llegar a nuestro lado y nos diga el concejo incomparable de su voz, que con la ternura de sus palabras recuerde las anécdotas infantiles, ni que nos diga -como en la canción- el consuelo entrañable de madre de que “ojalá sigas siendo un chiquillo y que pueda contarte un cuento para hacerte dormir”. Nadie ocupará su lugar en nuestras almas y su presencia en nuestras vidas, su figura será siempre la guía de la sabia mujer que hasta de anciana nos alcanzó su frágil mano protectora.

Hoy, hace dos meses y unos días más, ha partido, y recién me atrevo a vencer las vallas del dolor y desbloqueo de mi mente las rejas de la tristeza para recordarla un poquito y escribirle con todo el cariño que siempre tendremos por ella. Lo hago en nombre de mi querido y adorado padre Fernando, de mis hermanos Fernando y Gilma Angela, de sus nietos y bisnietos que somos la heredad de toda la vitalidad que engendró. Te amamos y recordaremos siempre adorada Sarita linda.

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